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Fue un día de 1981; sor Emmanuelle había invitado a 50 esposas de embajadores presentes en El Cairo a visitar el Centro que había abierto entre los zabalin, en el basurero cairota de Ezbet El-Nakhl. La policía egipcia se enteró a tiempo e impidió que la visita tuviera lugar. «Comprendo –comentó la Hermana con resignado humor–, ¿cuál sería la reacción de Gobierno francés si un egipcio fuese a Francia a lanzar una campaña para mejorar la condición del cinturón de pobreza de París? El Gobierno egipcio no ve bien que la ciudad de la basura se convierta en la vitrina de El Cairo».

Sor Emmanuelle vive hoy retirada en Francia. El 16 de noviembre cumplió 90 años. Dejó Egipto en 1993, a los 85 años de edad. Alguien la llamó la «Madre Teresa de El Cairo». Pero mejor la llamamos Ableti –«Hermana Mayor»–, nombre que le daban cariñosamente quienes la tuvieron entre ellos.

Sor Emmanuelle nació en 1908 en Bruselas, su padre era francés y su madre belga. Fue bautizada con el nombre de Madeleine Cinquin. A los 21 años ingresó en las Hermanas de Notre Dame de Sión; el 10 de mayo de 1931 emitió los primeros votos y cambió su nombre por el de Emmanuelle. Durante los cuarenta primeros años de su vida religiosa se dedicó a enseñar en colegios de niñas ricas, primero en Turquía y más tarde en Túnez.

A los 32 años se dio cuenta de que tenía que salir del convento para ir por los caminos del mundo en busca de los esclavos de la humanidad. Como primer paso se sumergió de lleno en la realidad cotidiana de las periferias de Turquía, en las fábricas y entre las obreras de una hilandería. Pero no le será nada fácil realizar este ideal. Las otras religiosas tratan de convencerla para que continúe dedicándose a la enseñanza. Es una situación realmente difícil. Ella misma confiesa que nunca como entonces llamé a Dios en mi auxilio... había perdido la fuerza».

 

LA BASURA Y FELICIDAD

 

Un buen día, a los 62 años, vio con claridad que la vida se le evaporaba sin haber realizado lo que había sido siempre su gran sueño: vivir pobre entre los pobres. Y no aplazó más la decisión. Estaba en El Cairo. Intentó dedicarse a los leprosos, pero dificultades legales se interpusieron en su camino. El Nuncio apostólico, Mons. Heim, le dijo entonces: «Por qué no los zabalin? Su situación no es más envidiable que la de los leprosos».

Y sor Emmanuelle se puso a buscar a los zabalin, los recogedores de basura. Los encontró en Ezbet El-Nakhl, «el campo de las palmeras», una horrible bidonville donde miles de personas vivían entre montañas de basura, disputándose con las ratas los restos de comida en descomposición. Quedó aturdida con el hallazgo, pero aún tuvo arrestos para decir: «Aquí me quedo».

Y se quedó. Los vecinos de Ezbet El-Nakhl contemplaron atónitos cómo, a los pocos días de la visita, un carrito tirado por un paciente asno traía una silla, un camastro y una mesa, y cómo aquella vieja Hermana –su futura Ableti– los instalaba en una chabola de tres metros cuadrados. Así empezó su larga aventura con los zabalin. Al contacto con las ilusiones de sor Emma-nuelle fueron encendiéndose lentamente tímidas ilusiones en el barrio. Y, tras éstas, también algunas realidades: un jardín de infancia, una escuela, el centro Salam...

 

EMPEZANDO NUEVAMENTE LAS LUCHAS

Llevaba 10 años viviendo en Ezbet El-Nakhl cuando oyó hablar del nuevo barrio de basureros de Mokattam. Pensó que todo lo iniciado en Ezbet El-Nakhl podía seguir adelante sin que ella estuviera presente, pues había sabido siempre rodearse de colaboradores. Y en 1982, a los 74 años, se trasladó a Mokattam para empezar de nuevo las mismas luchas, para romper el cerco de la discriminación y el olvido, para encender fuegos entre los humildes. No los fuegos físicos que queman basura y llenan el aire de olor pestilente, sino los fuegos de la esperanza que empujan a superar la propia miseria.

¡Qué luchas para conseguir que aquellos niños harapientos, que trepaban con los pies descalzos sobre las montañas de basura, se lavasen alguna vez y se sentasen en los pupitres de una escuela! ¡Qué lucha para que aquellos padres buscaran para sus hijos un futuro mejor!

¡Qué lucha con las madres para que cuidaran más la limpieza propia y la de sus hijos o para que tuvieran una estima más alta de sí mismas como mujeres, acostumbradas como estaban a ocupar el último puesto dentro de un mundo que ya era de por sí último! Y algo, mucho, fue consiguiendo también en Mokattam aquella mujer llena de Dios y de esperanzas humanas.

En 1988, a los cinco años de la llegada de Ableti, Mokattam no es más una bidonville. Ha progresado y no quedan chabolas por ninguna parte. Es un barrio –¿se podría llamar ciudad?– construido con resistentes ladrillos, cemento, puertas de fierro...

 

90 AÑOS DE AMAR A LOS POBRES

 

De casa en casa, hasta los bordes de las montañas de basura. Sor Emmanuelle evoca así esta etapa de su vida: «¡Qué hermoso volver a ser joven! Trepar la montaña a las cinco de la mañana con una linterna en la mano. Sonreír a los pasajeros del autobús de las 5:30. Sentirse renacer durante la misa de seis. Tomar de nuevo el autobús para llegar a las faldas de la montaña. Subir masticando un pedazo de pan para ahorrar tiempo y estar presente para acoger a los jóvenes harapientos».

Después de este rápido recorrido, sor Emmanuelle daba lecciones de alfabetización y por la tarde enseñaba costura a las niñas. Al anochecer, después de las clases de alfabetización para adultos, pasaba una hora en su barraca rezando y dando gracias a Dios por haberle dado la fuerza y el entusiasmo para ayudar a sus hermanos.

A los 90 años, sor Emmanuelle tienen tantos «hijos» que sus mejillas son incapaces de acoger todos los besos. Ha tenido la alegría de verlos andar derechos, sin aquel aire de «perros apaleados». Se siente feliz porque son libres y capaces de una gran solidaridad.

Sor Emmanuelle necesitó sólo una pasión: el amor a toda criatura y sobre todo a los que sufren la pobreza material, espiritual o intelectual. Le gustaba también visitar las cárceles. Los presos son como sus hermanos. «Siempre que puedo voy a visitar a los presos. Para mí son como mis hermanos. Les digo que también yo hubiera podido estar en su lugar y ellos en el mío. Depende del ambiente en que se vive. Les abrazo antes de marcharme. También ellos me abrazan. Es muy Hermoso». Tan hermoso como cumplir 90 años llenos y fecundos de amar a los más pobres.l