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VIRUS QUE CONTAGIA

Taiwan es uno de esos lugares lejanos donde ya cerca de 200 mil católicos conocen a Jesús. Una de esas personas es una monja  franciscana taiwanesa, la hermana Wù. He tenido el privilegio de conocerla hace unos meses. Ella trabaja en una pequeña ciudad aproximadamente a tres horas en tren rápido de la capital, Taipei. De una manera muy espontánea y natural nos compartió parte de su historia personal que la llevó a conocer a Jesús y la Iglesia católica, y a aceptar la vida religiosa franciscana como estilo de vida.

Comenzó diciendo que de niña siempre le impresionó que su abuela paterna durante el día siempre oraba de rodillas delante de un pequeño altar dedicado a una divinidad taoísta que había en su casa. Wù siempre se sintió muy atraída por la piedad de su abuelita.

Además, la hermana Wù comenta que durante su educación secundaria en una escuela protestante fue cuando escuchó por vez primera el nombre de Jesús. Entonces empezó a leer los evangelios y la figura de Cristo le atrajo mucho. En la universidad se integró a un grupo de jóvenes, coordinados por una religiosa, que se reunía semanalmente para leer la Biblia.

El interés de Wù por saber más de Jesús siguió creciendo. La religiosa que ayudaba a sus compañeros en el estudio bíblico vio su interés e inmediatamente le ofreció su amistad. Wù se sintió contagiada por la pasión con que la religiosa hablaba de Jesús. Y esta amistad no sólo la condujo al bautismo en la Iglesia católica, sino también a una reflexión seria en la posibilidad de dedicar su vida al servicio del pueblo católico taiwanés como religiosa de San Francisco y Santa Clara.

Hoy en día, la hermana Wù junto con otras religiosas están encargadas de un jardín de niños donde se brinda educación inicial a cerca de 200 niños cuyos papás no profesan el cristianismo. La hermana Wù comenta que en muchos hogares los niños ven a sus abuelos arrodillarse y orar en silencio delante de altares domésticos dedicados a diferentes deidades taoístas; así que en los salones de clase durante el transcurso del día se invita a los niños a orar. Uno de estos momentos es antes de las comidas. Poco a poco esta práctica se convierte en un hábito que los niños llevan a su hogar.

Por ejemplo, no es extraño que los fines de semana los niños recuerden a sus papás que se debe orar antes de las comidas. En muchos casos los papás no saben qué decir y son los niños quienes conducen la oración de acción de gracias que han aprendido en la escuela. Hay que mencionar que los papás no tienen inconveniente en esta práctica, al contrario, se sienten satisfechos de que sus niños aprendan a orar desde pequeños. Esta actitud de tolerancia delante de otras prácticas religiosas es parte de su cultura.

La hermana Wù, con su creatividad y haciendo uso de prácticas religiosas existentes en los hogares taiwaneses no cristianos, está contagiando a los niños y a sus papás con prácticas religiosas que caracterizan al cristianismo. Me atrevería a decir que la historia personal de la hermana Wù, su llamado al catolicismo y a la vida religiosa muestran que el Espíritu de Jesús está presente en aquéllos que creen es un espíritu creativo y dinámico. Es un espíritu que contagia.

 

LA LEPROSERIA DE BANGONDE

 

Estamos en Bangondé, a unos 12 kilómetros de Bangassou, en las orillas del río Mbomu, que, al dirigirse hacia el río Congo, adquirirá el nombre de Ubangui (República Centroafricana). Me acompaña sor Carla Pazzoni, misionera comboniana italiana, responsable de un Centro de Salud que incluye una leprosería y un dispensario.

Antes de darme un poco de tiempo para conversar, sor Carla acaba de pedir a un misionero que lleve a un enfermo a su casa. La «casa» de este enfermo, al que difícilmente logran meter en el carro entre varios, es la cárcel. Está bastante grave, pero el dispensario no tiene la autorización de admitir internos y, después de medicarle, debe volver al lugar donde «sobrevive» a duras penas.

Otros prisioneros trabajan en el patio del dispensario, sobre todo cortando la hierba, lo que por estas tierras es indispensable si no se quiere que las serpientes pasen del bosque a la cocina sin pedir permiso. Los prisioneros vienen contentos, porque aparte de la distracción de salir de su encierro, tienen asegurado un plato de comida.

Pero sor Carla no está aquí para encargarse de los prisioneros. Su responsabilidad primera es hacer funcionar la leprosería atendiendo no sólo a los leprosos internos, sino también a los que vienen regularmente desde sus pueblos para seguir la medicación establecida y mantener limpias las llagas.

La leprosería se construyó en 1975. El Gobierno se lo pidió a Mons. Antoine M. Maanicus, obispo de Bangassou, que puso como condición que junto a la leprosería hubiese un dispensario y que trabajase una religiosa.

Durante algunos años trabajó aquí un hermano de los Misioneros del Espíritu Santo que organizó un taller para fabricar zapatos para leprosos y formó a un joven con lepra que hasta hoy sigue adelante con este trabajo. Se hacen incluso prótesis cuando hay que proceder a alguna amputación.

Junto a la leprosería, por otra parte, se ha levantado un dispensario en el que se atiende a todo tipo de enfermos de lunes a viernes. Las enfermedades más frecuentes –dice sor Carla– son el paludismo, las infecciones intestinales y respiratorias, así como llagas tropicales y enfermedades de la piel. Con la ayuda de un buen enfermero, sor Carla dirige toda esta estructura al servicio de la salud popular.

El dispensario cuenta con un pequeño laboratorio en el que se hacen los exámenes para los parásitos intestinales y la filaria, que abunda mucho en esta zona. Para otros análisis se envía a los enfermos al hospital general de Bangassou, aunque en el momento de nuestra visita el personal del hospital lleva ocho meses sin ser pagado y los análisis son muchas veces más un estorbo que una ayuda. Mientras hablo con la misionera le traen precisamente los resultados de los análisis de un niño de seis meses. Diagnóstico: bilarzia. No puede ser, dice sor Carla, la bilarzia se la coge sólo en el agua estancada, lo cual es casi imposible para un niño de seis meses. Habrá que agudizar el ingenio para acertar con el mal del bebé y darle la medicación adecuada.

Termina la mañana y sor Carla vuelve a casa, no sin antes acercarse a la prisión para interesarse por el estado del prisionero enfermo y recordar a los soldados de la cárcel que aquel enfermo debería estar en un lugar adecuado, si no quieren que el paludismo acabe con él.

Por la tarde volverá a su lugar de trabajo para revisar las cuentas, comprobar si tiene el alimento que cada día se da a los leprosos internos, ordenar los trabajos manuales que muchos leprosos hacen y que un día se venderán para ganar algo de dinero...

El leproso –concluye sor Carla– sigue siendo una persona marginada y, además de la cura médica, necesita recomponer cada día su sentido de dignidad y de autoestima. Esto lo siente la misionera especialmente los domingos, cuando en un servicio ecuménico (los leprosos pertenecen a distintas Iglesias) reavivan la conciencia de la propia dignidad de hijos de Dios, llamados no a la autocompasión, sino a vivir en plenitud. Entonces sor Carla siente que su trabajo misionero, más allá de toda rutina y los sinsabores de cada día, es un modo de dar vida y esperanza.