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TEOLOGIA INDIA, ¿MARXISTA?

 

l papa Juan Pablo II, al responder, desde el avión que lo traía a México, a una pregunta que le hizo un corresponsal español y que no fue transmitida íntegramente a los medios mexicanos, hizo ciertas declaraciones que inmediatamente algunos comentaristas catalogaron como una enfática condena papal de la Teología India que se lleva a cabo en Chiapas. Pero lo que en realidad declaró el Pontífice no justifica de ninguna manera esa conclusión tajante.

El Santo Padre lo que dijo textualmente es lo siguiente: «Sustituir la Teología de la Liberación por la Teología Indigenista (sic) sería una mala traducción del Marxismo. Pero yo pienso que la solución verdadera está solamente en la línea de la solidaridad... Finalmente México, la Ciudad de México, se encuentra en el mismo puesto (lugar) que la Ciudad Azteca. Son ellos los primeros poseedores (dueños) de esa tierra»...

Identificar sin más Teología de la Liberación y Teología India, y ambas con el Marxismo es uno de los prejuicios persistentes en la sociedad mexicana y también en algunos sectores de la Institución eclesiástica, y no en el Papa. Han sido estos prejuicios los que han obstaculizado la percepción objetiva y veraz de la problemática de Chiapas y de los indígenas en general y de su teología. Son los mismos prejuicios que llevaron, en mayo de 1996, el tema de la Teología India a una reunión extraordinaria de presidentes de comisiones episcopales de la Doctrina de la Fe de toda América Latina, realizada en Guadalajara, Jalisco, bajo la presidencia del cardenal Joseph Ratzinger.

Con la prejuiciada argumentación de que Teología de la Liberación, Teología India y Marxismo están íntimamente relacionados, se pretendía acabar de raíz con la insurgencia teológica de los pueblos indios. Hubo voces muy duras en esta línea. Pero los resultados de la reunión no fueron de condenación ni de rechazo; simplemente de compromiso eclesial y pastoral para acompañar estos procesos legítimos y muy necesarios para la evangelización inculturada, a fin de evitar reduccionismos y manipulaciones. Dijeron textualmente los obispos: «Particularmente importante nos ha parecido el acompañamiento de la reflexión teológica a partir del mundo indígena y afroamericano que va surgiendo como una alternativa a reduccionismos de antropólogos con tendencias de arqueología o una instrumentación folclórica o turística. En cada uno de nuestros hermanos, ya sea indígena, afroamericano o mestizo, hay una persona humana que merece el más profundo respeto y también una teología que le ayude a una vida digna y a una comunión con Dios y con sus semejantes» (L’Osservatore Romano, 14-5-1996).

Juan Pablo II estuvo enterado de la reunión de Guadalajara y avaló sus conclusiones. Por tanto es ilógico pensar que lo que él declaró en el avión que lo trajo a México para su IV visita esté en una perspectiva totalmente distinta a las conclusiones de esa reunión de Guadalajara, y, sobre todo, en contradicción con todos los planteamientos hechos por el mismo Papa en los encuentros con indígenas.

El Santo Padre ha sido uno de los mejores y mayores impulsores de la evangelización inculturada, de la pastoral indígena y de los derechos de los pueblos indios, asumidos ampliamente por la Iglesia latinoamericana, y que están en la base de lo que ahora llamamos Teología India.

En el Sínodo de las Américas, la voz indígena se escuchó firmemente gracias a la mediación de pastores que llevaron esta voz. Por eso el documento postsinodal está, como el documento de Santo Domingo, marcado por lo indígena. Tres son los ejes principales del documento: conversión, comunión y solidaridad. Conversión hacia Dios, Comunión con los hermanos, Solidaridad con los pueblos diferentes y con más pobres.

En la estrategia evangelizadora del Papa y de la Iglesia, la confrontación y la lucha de clases, que serían el principal motor de cambio según la ideología marxista, deben dar paso a la comunión y la solidaridad, que nacen del amor. Esto es justamente lo que la autonomía indígena y la Teología India han venido planteando desde hace tiempo. No se pretende aislar o encapsular a los pueblos indios o enfrentarlos a otros sectores de la población, sino reconciliar a todos en base al perdón y a la justicia.

La solidaridad que el Papa y la Iglesia plantean ahora como única vía para la verdadera solución de los problemas, es la que siempre los pueblos indígenas hemos ofrecido a los demás. Las flores que Juan Diego cosechó en el Tepeyac no eran, en primer término, para sí mismo o para su pueblo, sino para el obispo Juan de Zumárraga, es decir, para quien no era del pueblo indígena, y más aun formaba parte del pueblo que lo oprimían.

Es lo mismo que pasa ahora. Los indígenas no estamos pensando sólo en nosotros mismos, sino en el conjunto de la sociedad. No se trata de acabar con los que son diferentes a nosotros, sino de construir juntos la casa común para todos. La solidaridad, como expresión de la comunión, los indígenas la entendemos co-mo parte de la comunitariedad, que es inherente a nuestras culturas. Y, por eso, es un valor muy apreciado y deseado por los pueblos indios. En ese sentido podemos parafrasear ahora lo mismo que los teólogos indios dijeron a los primeros doce misioneros franciscanos: «Eso que ustedes traen, ya lo vivimos desde hace tiempo» (Coloquio de los Doce, 1524).

Iglesia y pueblos indios tenemos planteamientos comunes. Por eso fácilmente ha habido identificación entre indígenas e Iglesia. Es una alianza connatural porque existen coincidencias teológicas e históricas estratégicas. Esta alianza no puede romperse ahora por reportajes ideologizados hechos a partir de palabras pontificias descontextualizadas.

El Papa viene al continente a consolidar la alianza estratégica con pueblos profundamente religiosos, cristianos, católicos y amantes de la Paz. Pueblos que por descender de las primeras naciones, son ahora nuestra raíz más antigua. Estos pueblos poseen valores y riquezas que son la reserva necesaria para construir un futuro mejor para todos.

P. Eleazar López Hernández