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LA IGLESIA EN AMÉRICA

 

En la perspectiva del Gran Jubileo del 2000, el Papa ha convocado para cada uno de los cinco continentes una Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos. En 1997 tocó el turno a América y en el año jubilar habrá una Asamblea General que sintetizará y sacará las conclusiones de los materiales que las diversas asambleas continentales han ido aportando.

El tema de fondo que el Papa ha propuesto para todos estos encuentros es el de la evangelización, o, mejor dicho, el de la nueva evangelización.

Al concluir cada una de las Asambleas, el Santo Padre recoge las aportaciones de los padres sinodales y asume el compromiso de preparar un documento postsinodal. Para presentar el de América se eligió como sede a México, o, más concretamente, la basílica de Guadalupe, un lugar muy querido por Juan Pablo II y por todos los católicos del Continente. Sobre el viaje del Papa a México para esa ocasión, damos cuenta detallada en este número. Este espacio lo usaremos para destacar algunas líneas del documento papal que nos parecen son las más importantes. La exhortación apostólica titulada «Ecclesia in America» comienza señalando lo importante que es tener un encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo como camino para la conversión, la comunión y la solidaridad en América.

Tener un encuentro con Jesús, según el Papa, es posible porque éste no terminan con la ascensión del Señor a los cielos; continúa en el tiempo de la Iglesia. Y hablando sobre este particular, Su Santidad destaca el papel de la Virgen en la Iglesia que peregrina en América y, especialmente, en su advocación de Guadalupe, pues ésta «constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso, de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos invita a entrar en comunión (ver Puebla, 282).

Pero eso no es todo. El Papa destaca que la Escritura y la Sagrada Liturgia son los dos lugares privilegiados para el encuentro con el Señor, aunque dice también que «en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro de Cristo, el Hijo del Hombre» (n. 12).

Continuando con este mismo argumento, en el capítulo II se dice que el encuentro con Jesucristo se da en la historia concreta del Continente, teniendo presente que América «es hoy una realidad compleja, fruto de las tendencias y modos de proceder de los hombres y mujeres que lo habitan» (n. 13).

Al hablar del hoy del Continente, el documento no evade una serie de problemas que vuelven urgente el compromiso cristiano: el fenómeno de la globalización, la urbanización creciente, el peso de la deuda externa, la corrupción, el comercio y consumo de drogas y el deterioro ecológico. Aunque reconoce que «el mayor don que América ha recibido del Señor es la fe, y ésta ha ido forjando su identidad cristiana produciendo frutos de santidad y modelando una preciosa piedad popular».

Debido a una serie de sombras que se deslizan sobre América, el Papa invita a todos los cristianos a emprender un «camino de conversión que mueva a la comunión fraterna, a la solidaridad» y a una «vida nueva, en la que no haya separación entre la fe y las obras en la respuesta cotidiana a la universal llamada a la santidad (n. 26). Esta conversión, no está de menos recordarlo, tiene una dimensión social y permanente que conduce, bajo la guía del Espíritu Santo, a un nuevo estilo de vida.

En este mismo capítulo se recuerda a todos los cristianos nuestra vocación universal a la santidad que pasa por Jesús y tiene un serio sustento en la penitencia y la reconciliación.

El Capítulo IV contiene una invitación a una comunión que tiene como modelo la Trinidad.

Para que sea posible este urgente y difícil proceso, el Papa destaca la importancia de los sacramentos de la iniciación cristiana: Bautismo, Confirmación y Eucaristía.

La comunión en la vida en el seno de la Iglesia, porque es un proceso siempre inconcluso y un signo de vida, debe crecer continuamente y debe ser promovida por todo el pueblo de Dios, especialmente por los obispos y los sacerdotes.

En este mismo capítulo, Su Santidad hace una fuerte invitación a fomentar la pastoral vocacional y a renovar la institución parroquial. Porque sólo si existe una auténtica renovación de la parroquia se pueden formar comunidades, ofrecer auxilio a la vida familiar, superar el estado de anonimato, acoger a las personas y ayudarlas a que se inserten en la vida de sus vecinos y en la vida de la sociedad.

La exhortación apostólica no se queda en el simple análisis de la realidad; en el Capítulo V hay una serie de proposiciones que son un auténtico «camino para la solidaridad» que conduce a la justicia.

De estas propuestas cabe destacar la invitación a continuar con la «opción de amar de manera preferencial a los pobres», a luchar contra la corrupción, el comercio de armamentos, la cultura de la muerte y a dedicar atención a aquellas etnias que todavía hoy son objeto de discriminaciones injustas.

Si bien cada una de las partes del documento contienen aportaciones y sugerencias muy interesantes, nosotros, por la naturaleza misionera de la revista y de la congregación a la que pertenecemos, queremos destacar la importancia del capítulo VI, especialmente el apartado que se refiere a la misión «ad gentes», ya que (coincidimos plenamente con el Santo Padre) nuestras Iglesias tienen que extender su impulso evangelizador más allá de sus fronteras, pues «no pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su patrimonio cristiano».

La invitación del Papa a llevar el mensaje de Cristo al mundo entero y «comunicarlo a aquéllos que todavía lo desconocen» no puede caer en saco roto, puesto que «se trata de muchos millones de hombres y mujeres que, sin fe, padecen la más grave de las pobrezas».

Jorge García Castillo