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Durante varios días en la Eucaristía del domingo, un grupo de niños y jóvenes, un total de diez o doce, tomaron asiento en la primera fila. En el momento de la homilía prestaban mayor atención e interés para captar algo del mensaje evangélico. Para ellos sin duda era difícil, porque no estaban acostumbrados al vocabulario religioso y mi chino todavía está lejos de la perfección; su atención estaba más que justificada.

Vinieron, «de golpe y porrazo», un buen día, y desde entonces han sido fieles a su cita dominical. Constantemente me preguntaba quiénes eran, hasta que vi que una misionera los acompañaba.

Un buen día, la monja que venía con ellos me dijo que durante el tiempo de Navidad el grupo había hecho un gesto para mí enormemente significativo. Cada uno de ellos se había comprometido a hacer algo en favor de los demás y que les ayudase a cambiar su vida. Cada día lo escribieron en unos papeles de colores. Adornaron una cesta hecha por ellos mismos y en la misa del domingo me pidieron ofrecer a Jesús, en el ofertorio, todas aquellas ilusiones, intentos y gestos llenos de buena voluntad. Mi respuesta no podía ser otra que sí. Era un pequeño incentivo a sus anhelos y expectativas. Querían que Dios firmara el gesto de entrega hecho a Él durante el período navideño.

Y qué coincidencia, la fecha del ofrecimiento era el día del bautismo de Jesús. Digo qué coincidencia porque –se me había olvidado– esos niños son no creyentes, mejor dicho, no están bautizados.

¿Qué les movía para que con tanto entusiasmo asistieran a la Eucaristía? No me queda otra respuesta que decir que Dios está detrás. Si no, ¿qué respuesta se podría dar?

¡Qué maravilloso testimonio de dedicación y entusiasmo ante las cosas de Dios! Se levantaban antes de las siete de la mañana para poder encontrarse en la puerta de su escuela y desde allí, en quince minutos, venir todos juntos a la celebración dominical. Curiosamente, veo que hay cantidad de niños y jóvenes cristianos de la parroquia que a menudo dicen que no vienen a la Eucaristía porque están en período de exámenes, por pereza o porque quieren dormir un poco más. Estas son respuestas muy comunes en el entorno de Macao. Me da la impresión de que apreciamos a Jesús cuando estamos en proceso de conocerle. Después la llama que estuvo encendida comienza a apagarse. ¡Hay que reavivar la llama de la fe!

Tze Minghou (Macao)