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ARGENTINA:

EL COLOR DE LA DIGNIDAD

 

Buenos Aires. Es una protesta extraordinaria por su duración, la participación y la originalidad. Desde el dos de abril de 1997 grupos de docentes argentinos se alternan en una huelga de hambre llevada a cabo en una gran tienda plantada en la Plaza de los Dos Congresos, exactamente frente al edificio del Congreso. La contaminación atmosférica (que es notable en la capital) ha transformado su color blanco en un gris sucio, pero poco importa, para todos es la «carpa blanca».

En estos casi dos años han pasado más de 500 huelguistas que se relevan cada 15/20 días. Maestros, preceptores, profesores, directores, docentes de todos los tipos (excluyendo los profesores universitarios) y de todas las provincias argentinas se dan la posta para contribuir personalmente en una huelga que no tiene precedentes en la historia sindical del país. Los objetivos de la larguísima batalla no se limitan a exigencias de aumentos salariales (para todos los niveles y en todo el país, desde La Quiaca a Tierra del Fuego), sino que tienen como fin una revisión integral del sistema educativo de Argentina.

Los docentes piden la creación de un «fondo de financiamiento educativo» y una nueva ley de «educación pública nacional»; rechazan, además, todos los proyectos gubernamentales que prevén la introducción de la flexibilidad en el trabajo y la supresión de la cobertura sanitaria pública para los trabajadores de la educación.

Entramos por una puertita lateral, de puntillas temiendo molestar. Pero en el interior hay mucho movimiento. Marta Maffei, secretaria general de la CTERA (Confederación de Trabajadores de la Educación de la República Argentina), que representa 192 mil docentes, es entrevistada por un grupito de periodistas. Algunos estudiantes hablan con un profesor. Otras personas escriben en unas cartulinas mensajes de protesta. Hay sillas, mesitas llenas de papeles, pizarras con mensajes de todo tipo, un televisor encendido.

Los huelguistas se reconocen inmediatamente porque visten una bata blanca y llevan un cartel que advierte que son maestros en huelga de hambre. Tres de ellos se ofrecen para ser nuestros de guías. César Olivares es preceptor en Moreno, en la provincia de Buenos Aires; Margarita Aqueveque enseña contabilidad en una escuela secundaria en Río Negro; Alicia Ferrada trabaja en un jardín de Equel, en la provincia de Chubut.

La tienda se divide en tres partes distintas: a la derecha (respecto a la entrada principal) hay un espacio para las reuniones, las llamadas telefónicas y la distribución de las bebidas; en el centro hay una habitación para acoger a los visitantes; a la izquierda, un ambiente privado para el descanso.

Preguntamos en qué consiste la huelga. «No consumimos ningún tipo de alimento –explica Margarita–. Tomamos sólo líquidos». Y para hacernos comprender mejor la organización, nos muestra una hoja que cuelga de un panel. En ella se indican con precisión todas las bebidas que pueden ser consumidas: cada media hora, a partir de las 7:30 de la mañana, un líquido diverso (té, mate, Seven-up, etc.). «Esta tienda –explica César– es un ejemplo de paz, de lucha, de solidaridad. Nosotros aquí adentro compartimos con personas que no conocemos, provenientes de otras provincias. Hay gente que viene de muy lejos, dejando la familia por al menos 20 días. Los argentinos no quieren más violencia. Por eso una manifestación pacífica como la nuestra tiene el apoyo de la sociedad».

«Nuestro salario es tan bajo que me da vergüenza decirlo», confiesa César. La retribución media para un profesor es de 350 pesos mensuales (igual en dólares). Para comprender lo exiguo de la suma, son suficientes dos datos: 300 pesos es considerado un salario de hambre o de simple sobrevivencia; por otra parte, según los institutos de investigación argentinos, una familia con dos niños necesita un mínimo de 1,030 pesos mensuales para cubrir sus necesidades.

«Todos sabemos –ha dicho el diputado Andrés Delich– que los problemas educativos no se agotan en los bajos salarios de nuestros docentes. Sin embargo, sabemos también que sin salarios dignos resulta imposible cualquier proyecto serio de mejoramiento de la escuela argentina». Pero no todos están de acuerdo. En julio pasado, el ministro de economía Roque Fernández dijo: «Es verdad que los maestros ganan poco, pero también es verdad que trabajan poco».

Marta Maffei, recientemente confirmada en la conducción de la CTERA, aprovecha un momento que deja de sonar su celular para comentarnos: «En la carpa, en las calles, en las escuelas seguimos luchando por una Argentina justa con todos. Nosotros no queremos un maquillaje, pedimos cambios profundos. En la «carpa de la dignidad», con la fuerza, la convicción y la serena firmeza de los maestros hemos dicho no a la violencia institucional, a la resignación, al aislamiento. Hemos mostrado un sindicalismo diferente, que usa instrumentos diversos. Es hermoso poder contar con la solidaridad de la gente para combatir contra este fundamentalismo neoliberal, global y salvaje».

Parece que la Carpa Blanca molesta mucho al presidente Carlos Menem y a los políticos de la mayoría. Cuando, el pasado mes de setiembre se habló de instalar una más frente a la Casa Rosada, en la Plaza de Mayo, el ministro del interior Carlos Corach intervino para prohibir la iniciativa. El ministro justificó la medida afirmando que la Plaza de Mayo es un «monumento histórico nacional» que no puede ser objeto de manifestaciones.

El Gobierno ha sostenido siempre que no hay dinero para financiar las peticiones de los docentes. Para desbloquear la situación, en el mes setiembre los diputados aprobaron un proyecto gubernamental con una propuesta de emergencia del uno por ciento (anual) sobre el valor de los automóviles, el dinero obtenido con esta medida (700 millones de pesos, según cálculos oficiales) debería haber financiado un aumento de salarios a los maestros. El proyecto fue modificado por el Senado y, luego, regresado a la Cámara, donde actualmente está paralizado. Mientras tanto, el mercado de los automóviles cayó en un 11 por ciento...

Que el presupuesto estatal es limitado es verdad. Además, en estos años de políticas neoliberales la situación social ha degenerado y el Gobierno ha tenido que llenar más los estómagos que las cabezas de los escolares: los gastos para dar de comer a los niños han prevalecido sobre los de la instrucción.

Según datos oficiales, actualmente hay en Argentina 1’357.995 familias que viven en condiciones críticas; el número de pobres llega a nueve millones, cerca del 25 por ciento de la población del país. Las cifras son alarmantes, sobre todo si se tienen en cuenta las proclamas triunfalistas del presidente y sus ministros de economía. Pero Menem no parece preocupado, quizá porque ha decidido respetar la constitución y no candidatear (sería la tercera vez consecutiva) en las elecciones de 1999. Es probable que en su cabeza haya un proyecto de más largo alcance: volverse a presentar en el 2003, posiblemente en el papel de salvador de la patria.

Paolo Moiola