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EL ENCUENTRO FATAL

 

Después de un encuentro con un misionero, Joao decidió también seguir la vocación misionera. Venido de una familia de nueve hermanos, convenció más tarde a su hermano Bernardino para la vida misionera, formando ambos parte de una nueva familia: la familia comboniana.

Arlindo Pinto

 

Joao da Silva Ferreira, de 41 años de edad, nació en Rio Caldo (Portugal). La belleza del paisaje de la región, muy prematuramente, comenzó a despertar grandes y nobles ideales en el pequeño Joao. Un día tuvo un encuentro «fatal» con un misionero. Desde entonces, su futuro quedó determinado: «También yo quiero ser misionero».

Llegó la hora de entrar en el seminario. Después de algún tiempo, decidió seguir la vocación de hermano misionero comboniano.

Cuando se le pregunta sobre el porqué de su decisión, contesta que siempre soñó con hacer algo por los otros, particularmente por los más pobres. De niño le gustaba ir a la iglesia y ayudar al sacerdote. Volviéndose un gran especialista en tocar la campana, para lograrlo usaba pies y manos. La tocaba con tal entusiasmo que sólo faltaba que las campanas hablaran.

Cuando se dispuso a seguir la vida misionera, tenía ya como objetivo ayudar a los más necesitados. Fue lo que prometió públicamente en 1977: entregarse, por toda la vida, al servicio de los más pobres, en el Instituto de los Misioneros Combonianos.

Seguir a Cristo significaba, para él, dejar padre y madre, la tierra y los amigos y partir. El día decisivo llegó en enero de 1980. Su destino fue el Zaire (hoy República Democrática del Congo), donde permaneció durante seis años. «Cuando llegué al Zaire, quedé un poco desconcertado. Mi idea era evangelizar a través de la promoción humana, contribuyendo de ese modo a la liberación integral de la persona humana. Pero lo que encontré fueron misiones enormes, con grandes estructuras: casa, talleres, plantaciones. Todo de tal magnitud, que los hermanos servían casi exclusivamente para mantener ese complejo», cuenta.

Pasó por varias misiones. La primera se llamaba Kisangani, en la zona norte del país. Todavía recuerda las palabras del superior que lo envió para allá: «Te vas a ocupar de la misión y, si te queda un poco de tiempo libre, puedes hacer algo de pastoral, por ejemplo con los jóvenes».

Llegó el momento en que pudo hacer algo más. Además de dedicarse a los jóvenes, en colaboración con las hermanas, empezó la lucha contra la lepra en aquella región. Pero la vida del misionero es un continuo éxodo, así que, pasado un año, le tocó hacer las maletas y marcharse a Isiro. Allí ayudó a otro hermano comboniano en un taller de autos y asumió el compromiso de tratar los asuntos relacionados con el personal misionero. El tiempo libre era poco, pero aún así colaboró en la organización de pequeños cursos sobre agricultura y en la excavación de pozos para obtener agua potable. «Me daba pena ver el agua que bebía aquella pobre gente», comenta conmovido.

El hermano cuenta que los mejores momentos de su vida han sido los que pasó en medio del pueblo. Pero no siempre el misionero hace lo que quiere o lo que le gusta más. En 1985 ya estaba de regreso a su patria para entregarse en cuerpo y alma a la formación de los jóvenes candidatos a hermanos en la casa de Maia. Fueron varias as generaciones que tuvieron a Joao como formador.

La sonrisa se anticipa a sus palabras. «Volví a tener una gran alegría. Recibí la noticia de que estaba destinado nuevamente al Zaire (o Congo, como ahora se llama), a la misión de Rungu».

Por lo visto, se trataba de una misión mayor que las anteriores: con escuela, hospital, un gran generador de electricidad, talleres... «No puedo ocultar que, más de una vez, me costó adaptarme a este tipo de misión. En esas circunstancias me ayudó el padre Odelir», dice.

El hermano cuenta pormenorizadamente que se inserió en la catequesis y en las distintas actividades pastorales. Organizaba cursos de formación para los trabajadores, alumnos y profesores. «Visitando las comunidades cristianas me di cuenta, nuevamente, que una de las causas de las enfermedades contraídas era debido al agua que bebían. Así que inicié un proyecto para limpiar los nacimientos y preparar unas tomas de agua en lugares estratégicos».

En cada comunidad de la parroquia se nombró un «responsable para el desarrollo». Estos ayudaban a los misioneros a resolver los problemas concretos de las poblaciones. Por ejemplo, una de las iniciativas fue reconstruir algunos puentes. Y las propuestas, venidas de la base, iban aumentando. Surgían asimismo pequeñas cooperativas de producción de aceite y de jabón.

Dos años después, en 1997, se cambió a Sao Mbaga, en la periferia de la capital, Kinshasa, donde, entre otras actividades, se dedicó a la carpintería y a la construcción civil.

Cada vez que el hermano Joao cuenta sus «hazañas» se ve como un hombre feliz. El mismo lo manifiesta al confesar: «Me siento muy contento de los años pasados hasta ahora en el Congo. Lo único que me duele es el sufrimiento por el que pasó el pueblo durante la guerra civil. Espero que la situación no retroceda y mejore cada día».