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APOSTOLADO MARIANO EN BARBACOAS

Jairo Arturo Ochoa,

Tumaco (Colombia)

 

El asalto de la guerrilla a la Caja Agraria tuvo gran resonancia en los medios de comunicación. Pero la vida de Barbacoas es capaz de ofrecer también otras noticias, más positivas y esperanzadoras.

Estimulados por la Carta Encíclica del Papa para prepararnos de manos de Jesús a entrar en el tercer milenio, en el vicariato apostólico de Tumaco hemos organizado una peregrinación con la imagen mariana más popular de esta zona, la Virgen de las Lajas. Su santuario está en Ipiales. Esta imagen visitará todas las comunidades urbanas y rurales. La tendremos en Barbacoas durante tres meses: del 20 de julio al 20 de octubre.

La fuimos a recibir a la parroquia de Altaquer, que dista 71 km. Nos demoramos 16 horas en el recorrido para traerla. En medio de rezos, de cantos y de salvas a la Virgen salimos cinco camperos y dos «bolquetas» a las tres de la madrugada. Para el viaje de regreso nos juntamos 25 vehículos. 7.000 personas se fueron sumando en el camino.

El contingente mayor de personas nos esperaba a cinco km. de Barbacoas. Empleamos más de dos horas en su recorrido a pie. Era imposible hacerlo de otra manera. Pasamos en medio de festones, bajo arcos, banderas, guirnaldas variopintas. No faltaron los cohetes, la música de los bombos, de los «cunucos» y de los «guasa» con sus expresivos cantos y cadencias.

Todos salían a recibir a la Virgen de las Lajas. Era imposible permanecer impávidos y sin conmoverse ante esta riada de fe y de amor a María, expresada de tantas maneras. Recordemos la poesía de los niños para que la Virgen cambie las balas en palomas blancas que acaricien el viento y hagan sonreír a María. El canto de Carcuel, vereda de la carretera, decía así: «Virgencita de las Lajas, enjuga nuestras lágrimas y no dejes que mueran nuestros padres».

El «arrullo» de la comunidad del Peje presentaba esta súplica: «Virgen Madre de los indios, que el miedo del fusil no mate el alma...». Es de anotar también el discurso del inspector de Quedam: «Madre de las Lajas, Generala nuestra, defiende nuestra patria con el poder de tu amor y la potencia de tu ternura...».

Recoger todos estos detalles, describir la llegada del cuadro de la Virgen desborda las palabras. Todo esto se vivía en el mismo lugar donde hacía un mes habíamos vivido la noche infernal del asalto de los guerrilleros. En cambio, hoy teníamos una plena reconciliación con la vida. Por eso pedían todos que antes de la Eucaristía pasáramos con la imagen por todos los rincones y callecitas de la población. Se interpretaba este gesto como un desagravio. El cuadro se iluminaba con las luces de las luminarias, de las velas, de las farolas y antorchas en los arcos. Lo pintoresco llenaba el recorrido de sentido devoto.

En la noche del seis de junio los fuegos de la muerte y de la violencia habían alumbrado en nuestra ciudad. Pero los fuegos de la vida alumbraban más fulgurantes ahora al calor de la devoción a la Virgen de las Lajas. Hace poco más de un mes la noticia era: «Barbacoas, tomada por la guerrilla». Los periódicos y los medios de comunicación podían comunicar ahora: «Barbacoas, tomada por María».

Me queda el amargo sabor de que no haya sucedido así. No entiendo por qué la noticia de la entrada de la Virgen de las Lajas en Barbacoas no ha tenido el mismo relieve que tuvo la llegada de los guerrilleros. Pasamos de largo la presencia de la vida y la convocatoria de a fe ¿Por qué concedemos más importancia mediática a la presencia de la muerte? Valen los esfuerzos de un largo caminar con el sol del trópico, con las incomodidades de una carretera y de unos vehículos poco aptos para transporte de niños y de ancianos.

Sigue en pie la pregunta que se hizo una vez el campesino: ¿por qué tenemos que poner muertos y sangre para que el mundo se entere de que existe Barbacoas? Los periódicos y medios de comunicación podrían publicar noticias como ésta: «María se toma a los pueblos». Cuando esto ocurra significará que estamos viviendo decentemente.

 

MACAU, PUERTA A LA CHINA

Daniel Cerezo

Macau

 

Hay un halo, mezcla de misterio y velada frustración, en la aventura misionera de la Iglesia en China. Misioneros católicos de una y otra nacionalidad permanecieron durante siglos en la brecha llevados por una cierta obsesión de «ganar terreno» chino para la Iglesia. Desde entonces hasta ahora las cosas no han cambiado mucho: las constantes dificultades que el misionero tuvo que soportar para acceder aChina siguen ahí. Expulsiones y persecuciones a los misioneros de China han permanecido a lo largo de los siglos como si de una rutina se tratara. En este ir y venir, hay un hito hecho piedra, testigo inmutable, sala de espera, caldo de cultivo de esperanzas futuras, que han sido «Las portas do cerco», frontera, puerta de acceso a China, en Macau.

A menudo, desde Macau los misioneros esperaban ansiosos edictos imperiales que les dieran acceso a la gran China. Esa puerta, o ventana en sentido metafórico, acceso estrecho, puerta angosta de acceso a China, fue el espacio vital que hizo visibles los ideales de tantos misioneros. Otras veces fue testigo fiel de sus expulsiones. Hoy esa puerta solemne, construida de piedra, es un simple hito histórico y turístico.

Me acerqué a ella a finales de 1991, cuando por primera vez puse pie en la ciudad del nombre de Dios. Hoy es sólo historia, testigo de esperanzas cumplidas y de fracasos anunciados. Por esa puerta se «pasearon» los sueños y las ilusiones de aquellos que quisieron «conquistar» China para Cristo. Pareció haber sido diseñada para el encuentro de culturas, sin embargo los resultados no siempre fueron tan halagüeños.

El ser extranjero no se puede disimular en China. Esto es un hecho. La nariz larga y las facciones de la cara son elementos externos que por sí solos delatan sin titubeos al extranjero cuando pisa terreno chino. La lengua es otro obstáculo que, junto con la cultura y la mentalidad, definen la invisible gran «muralla china». Será que China estaba y está condenada a no entenderse con el mundo extranjero, especialmente occidental?

He buceado un poco en la historia. Me he sentado a la puerta de Macau y he vislumbrado las dificultades de ese entrar en China. Señalo algunas de ellas:

–Las maniobras políticas de las grandes naciones a las cuales la Iglesia a veces de una u otra forma estaba ligada, fueron las que pusieron a menudo un interrogante en la mente de muchos chinos. Ese «casamiento» de la Iglesia con las fuerzas políticas europeas fue a la larga nefasto. No sólo acarreaba expulsiones y recelos sobre los misioneros. Traía también persecución a los que habían abrazado la fe de aquéllos que de alguna forma habían invadido territorio chino. ¿Quiénes son esos que se alían con los que nos humillan, destruyen y se reparten el botín de nuestro país?, se preguntaban muchos chinos.

–Las suspicacias de los emperadores, que a veces veían a los misioneros como espías de las naciones exteriores, las más de las veces para justificar sus propios intereses. Hay un cierto recelo y miedo que parece haber caracterizado a China con respecto al extranjero a lo largo de los siglos. A menudo los emperadores ponían a sus súbditos bajo guardia. Aun así, los misioneros siempre intentaron acceder a China, de una u otra forma. Muchas veces sus esfuerzos fueron vanos. Sin embargo, el deseo e ideal permanecieron durante siglos y siguen ahí. ¿Cuál es el encanto, pasión, fuerza inexplicable que les atrae?

–Las discrepancias entre las distintas congregaciones religiosas sobre todo a consecuencia de las controversias sobre los ritos en honor a los antepasados promulgados por Confucio.

Macau fue la sala de espera, plataforma para el estudio de la lengua china para tantos misioneros, para Ricci, Rugieri, Castiglione, San Gabriel Perboyre, etc. En la sala de espera hay pacientes en espera del veredicto del médico; otros en busca de trabajo, algunos ansiosos de ver el tren que nunca llega, de recibir la buena noticia de un empleo, un premio o qué se yo qué. Lo interesante de la espera es que uno no sabe cuándo exactamente le va a tocar el turno. Todo está un poco fuera de control. Esto crea ansiedad, dolor, alegría, pero sobre todo esperanza. Para el misionero deseoso de evangelizar en China, el primer convencimiento es que el estar en la sala de espera, llámese Macau, Taiwan, Hong Kong, es hacer misión, con su componente profético y a la vez artirial. Estar en la sala de espera es sobre todo una actitud, una forma de misionar.

En la sala de espera los planes poco a poco se vienen abajo. La puerta no se abre y la esperanza se oscurece. Desde Cantón, en el sur de China, los vice-reyes y mandarines lo mismo invitaban que expulsaban a los misioneros. Todo dependía del momento político, de las conexiones apropiadas o del antojo del que ostentaba el poder. Idas y vueltas a Macau. Y la puerta seguía ahí como testigo silencioso. Las expulsiones arreciaron después de la controversia sobre los ritos a los antepasados tan subrayados por Confucio y que trajo tanta polémica entre las distintas congregaciones religiosas. Aquéllos que querían permanecer en China tenían que presentarse en los tribunales de Beijing –por un edicto imperial de 1706– y jurar guardar las reglas que Ricci había acuñado en lo concerniente a los ritos. Aquéllos que se negaban eran expulsados.

A menudo los misioneros llegados a Macau presentaban sus deseos al vice-rey de Cantón, pero las más de las veces eran denegados ya que el camino hasta llegar al vice-rey era largo y tortuoso. Se necesitaban buenas «conexiones». Como consecuencia muchos misioneros entrarían por su cuenta arriesgando su propia vida, muchos otros esperarían nuevos o mejores tiempos en Macau. Aventureros y mercaderes durante mucho tiempo redujeron su acceso a China en los puertos donde estaban protegidos de las potencias extranjeras. Incluso a veces, camuflados de chinos con su larga coleta, la tez pintada de oscura y un largo bigote para disimular la larga nariz, como en el caso de Gabriel Perboyre y otros. En su tiempo, primera mitad del siglo pasado, esta era la práctica casi común.

Entrar en China siempre fue el eterno reto para misionero. Macau fue la puerta trasera para entrar y salir incluso cuando no se podía. Siempre tuvo un halo de misterio, de prohibitivo y por tanto de atractivo, era algo así como un reto a lo imposible. Y ahí sigue, más como símbolo que como realidad. La verdad la llevan en su corazón los que desean hacer realidad su sueño de entrar en China. ¡Qué poco parecen haber cambiado las cosas!