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CONSTRUCTORES DE PAZ

LA COMUNIDAD DE SAN EGIDIO CELEBRA SU 30 ANIVERSARIO

 

Antonio Aunés

 

Hace treinta años un grupo de estudiantes universitarios afincados en Roma, alentados por los vientos de reforma que se vivían en torno al Concilio Vaticano II y a las revueltas de mayo del 68, sintieron la necesidad de dar una respuesta evangélica a la pobreza del mundo. Desde entonces, la Comunidad de San Egidio –nombre con el que se dio a conocer este grupo de laicos comprometidos– no ha cesado un solo instante en su lucha por defender a los más necesitados.

 

Tenían el deseo de cambiar el mundo. Aquella nueva generación de jóvenes venía cargada de sueños y proyectos. Bajo la batuta de Andrea Riccardi –fundador y actual presidente–, aquel grupo de amigos emprendía una iniciativa tan insólita como prometedora. Una propuesta que hoy, treinta años después, presenta un brillante historial de actividad religiosa, caritativa y diplomática. Esta comunidad laica, de reconocido prestigio por su acción social y su mística especial, cuenta ya con más de 15.000 miembros en todo el mundo. África, América Central, Vietnam, Armenia, Líbano, e incluso en algunos países del primer mundo (Alemania, Bélgica, España) conocen del buen hacer de la Comunidad.

Pero hay que decir que San Egidio no nace con vocación internacional. En sus orígenes hablan, exclusivamente, italiano. Su primera mirada se dirigió a los barrios periféricos de Roma, allí donde la Ciudad Eterna mantiene escondida la pobreza y la marginación. No es de extrañar así que la organización se asentara, pocos años después de su fundación, en el popular barrio del Trastevere. Querían estar lo más cerca posible de sus gentes, de aquellas familias que tanto agradecían unas palabras de ánimo, de aquellos niños que no podían ir al colegio, de aquellos emigrantes tan necesitados de ayuda... Los pobres de la ciudad se habían convertido en el centro de la vida de la Comunidad. Ésa era, precisamente, su razón de ser. La comunidad de San Egidio nace con voluntad de servicio; servicio a los excluidos de la sociedad, a los más necesitados. Una dedicación que se extiende a los ancianos, minusválidos, emigrantes, vagabundos, enfermos... En favor de todos ellos, trabajando siempre con denuedo y gran ilusión, se crean hogares para extranjeros inmigrantes, casas de acogida para ancianos abandonados, comedores para vagabundos, escuelas de apoyo escolar...

 

NO HAY MAYOR POBREZA QUE LA GUERRA

Muy pronto otras ciudades –dentro y fuera de Italia– se convertirán en testigos de su labor. Una apertura de horizontes que le valdrá ser declarada por la Santa Sede, en 1986, Asociación Internacional Pública. Será esa búsqueda de la pobreza en la periferia de los grandes núcleos de la población la que conducirá a la Comunidad a descubrir la «periferia del mundo», aquellas colectividades, aquellos países, que viven marginados por las naciones más ricas y desarrolladas del planeta. Y de este mismo modo llegará al convencimiento de que la forma más extrema de pobreza es la guerra.

«La paz es una exigencia evangélica», nos recuerda San Francisco por boca de Andrea Riccardi. Por esta razón, los miembros de la Comunidad creen firmemente que los discípulos del Señor están llamados a ser constructores de paz. Paz en los barrios, donde la violencia se ceba con los más jóvens que se mueven entre la droga y la delincuencia; paz en las ciudades, en las que se margina y maltrata a los emigrantes; y paz, sobre todo, entre los países, donde miles de personas son víctimas inocentes de conflictos armados. La solidaridad que San Egidio viene poniendo en práctica con los pobres se convierte así en una solidaridad con mayúsculas, una solidaridad entre las naciones, entre los pueblos. Lograr la paz en el mundo se constituye en su mayor anhelo, en su verdadera esencia como grupo de Iglesia. Pero, ¿cómo ser fieles al mandato de Jesús, cómo trabajar para ser operadores de paz? La solución a tal interrogante no plantea una única respuesta. La búsqueda de la concordia exige recorrer un complejo vericueto de intentos y de caminos. Sin embargo, San Egidio tiene su propia receta para hacer frente al demonio de la guerra: oración y diálogo son sus dos ingredientes básicos.

 

DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

En 1986 la ciudad de Asís fue el escenario en el que se celebró la primera Jornada de Oración por la Paz, un encuentro interreligioso en el que se dieron cita los principales líderes religiosos de todas las confesiones. Aquella iniciativa, lanzada por el papa Juan Pablo II, iba a recalar, a partir de entonces, en la Comunidad. Año tras año –siempre vivo el espíritu del primer encuentro en Asís–, los miembros de San Egidio han seguido organizando estos encuentros internacionales de oración por la paz, convencidos de que la fuerza de la oración, el diálogo ecuménico, el acercamiento y la colaboración entre todas las religiones son una puerta abierta a la esperanza. Roma, Varsovia, Milán, nuevamente Asís o Florencia han sido escenarios de estas reuniones en las que católicos, ortodoxos, imanes, shintoístas, lamas y rabinos unen sus plegarias para pedir por un mundo sin guerras. Porque, como destacó Juan Pablo II, «la energía de la paz y la concordia que puede extraerse de las religiones es un tesoro precioso».

Al igual que la oración, elemento esencial en estos encuentros –como lo es en la vida comunitaria de la Asociación–, también el diálogo ecuménico que tiene lugar con motivo de la celebración de estas jornadas de oración adquiere una relevancia notable. El diálogo es la única vía factible para que la paz llegue un día a todos aquellos rincones del planeta hoy abatidos por la guerra. Así lo entiende la Comunidad. Y en este sentido, las religiones tienen mucho que decir. «Las diferentes religiones –señala el presidente de la Comunidad–, tantas veces convertidas en pretextos de guerra, han de desarrollar su esencia más verdadera: trabajar por la paz». Se trata de tender puentes que puedan ayudar a la resolución de conflictos concretos, presentes o venideros. Es necesario trabajar en comunión para lograr que cese la opresión y la violencia.

 

LABOR DIPLOMÁTICA

Pero si San Egidio ha alcanzado renombre en todo el mundo ha sido, fundamentalmente, gracias a su labor de mediación en distintos conflictos internacionales. Bautizada con el sobrenombre de «la ONU del Trastevere», se ha consolidado como una insólita forma de diplomacia popular, promoviendo, desde el comienzo de los años ochenta, encuentros entre diversos bandos en litigio en diferentes áreas del mundo. Siempre con el humanismo cristiano por bandera. Bien como mediadora directa, bien fomentando el diálogo entre las partes enfrentadas o bien a través de ayudas concretas a zonas afectadas por el hambre o por desastres naturales. Su actividad ha alcanzado a países como Etiopía, Eritrea, Rumania, Albania, El Salvador, Guatemala, Vietnam, Armenia, Líbano, Sudán, la ex-Yugoslavia, la zona de los Grandes Lagos, Mozambique o Argela. Toda una intensa labor de pacificación que lanzó a la Asociación a la fama y que la ha convertido en una seria candidata al premio Nobel de la Paz.

Los dirigentes de San Egidio insisten en que este trabajo por la paz no es sino una respuesta lógica a su compromiso cristiano con los pobres. «Nadie como el pobre sabe cuán preciosa es la paz», comenta Andrea Riccardi. Es el mismo Evangelio el que impulsa a sus miembros a no permanecer de brazos cruzados ante la violencia que sacude el mundo. ¿Acaso la paz no se hace en nombre de Dios?

Sea como fuere, lo cierto es que lo que en 1968 comenzó como humilde organización de caridad, hoy se presenta al mundo como una formidable fuerza diplomática, capaz de cosechar notables logros de pacificación allí donde la diplomacia tradicional no ha alcanzado el éxito. Mozambique es la prueba más palpable de la autoridad que tiene Andrea Riccardi y los suyos. Fue en 1990, después de una guerra civil que durante quince años asoló el país. Más de un millón de personas habían perdido la vida. El número de refugiados ascendía a un millón setecientos mil, y a cuatro millones el de desplazados. Hasta entonces todo intento por poner fin al conflicto había resultado vano. La mediación de la Comunidad fue trascendental. A pesar del fuerte antagonismo que existía por ambas partes tras tantos años de enfrentamiento, ésta siempre mantuvo la esperanza de que el diálogo y el acuerdo eran posibles. «En Mozambique vimos que era necesario hablar con la guerrilla –recuerda Andrea Riccardi–, que ésta no era una emanación del diablo, sino tan sólo hombres con los que se podía hacer la paz». Con esta confianza, San Egidio se propuso construir un nuevo camino hacia la reconciliación, haciendo suyas las palabras de Juan XXIII: «Buscar lo que une y dejar de lado lo que divide». Aquella intervención dio sus frutos. En el mes de julio de 1990, representantes del partido en el poder, el FRELIMO, y de la guerrilla, la RENAMO, estrechaban sus manos bajo un árbol del jardín de la iglesia de San Egidio, en Roma. Dos años más tarde el acuerdo de paz era una realidad.

Pero San Egidio no cuenta con un único modelo de actuación. La fórmula empleada en Mozambique no es universal. «Allí fuimos mediadores. En otros lugares ayudamos como podemos», declara su presidente. Por ejemplo en el caso de Argelia –también aquí la intervención de San Egidio adquirió gran relieve– resultaba inviable una medición directa similar a la de Mozambique. Sin embargo, sí era factible crear un marco para que pudiera dar comienzo una negociación política. En otras ocasiones, como en Guatemala, se trata de dar un nuevo impulso a un proceso de paz ya abierto, dentro de un marco de negociación ya existente.

Da igual el modelo a utilizar en cada caso. Lo importante es obtener resultados, aunar voluntades, sentir vivo el ardor evangélico de San Francisco ante las situaciones de dificultad y de violencia, trabajar en comunión para que cese la opresión y la guerra, trabajar por la paz. En eso están, desde hace treinta años, las gentes de San Egidio.