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PASTORAL DE SANACIÓN

PASTORAL DE LAS SITUACIONES IRREGULARES (2)

 

Clemente Sobrado, C.P.

 

La separación conyugal o el divorcio no son realidades que surgen en un momento. Son, ordinariamente, el término de un proceso. Con frecuencia un proceso doloroso, que ha dejado marcados en los dos graves heridas psicológicas y anímicas. Luego de una separación o de un divorcio, tanto el esposo como la esposa sufren y experimentan un desajuste personal y vital existencial.

 

DESAJUSTE PERSONAL

 

Es obvio, tanto la separación como el divorcio es un volver y un retroceder a la etapa de soltería. Es un sentir que sus vidas han quedado truncadas a medio camino y que aquello que habían comenzado como un proyecto para toda la vida ahora ha quedado hecho trizas y destruido.

Tanto la separación como el divorcio, aun en aquellas circunstancias que pudieran ser aconsejables, son ciertamente traumáticos. Son, antes que nada, el fracaso del más importante proyecto de sus vidas. El fracaso de sus mismas vidas, de sus ilusiones y de sus esperanzas y proyectos más hondos y profundos. Lo cual implica, necesariamente, que las personas queden heridas, golpeadas, maltrechas, sobre todo en una cultura como la nuestra, que es de la afectividad, de la relación, del grupo y de la comunidad.

Ese desajuste, si no es debidamente tratado, puede muy bien convertirse en fuente de nuevas frustraciones. Porque muchos, al encontrarse de nuevo con su soledad, fácilmente buscan nuevos reemplazos que puedan compensar el vacío producido en sus vidas. Pero por su estado anímico y psicológico y su necesidad de respuestas suelen precipitar las decisiones y caer en elecciones totalmente anormales. Todo ello suele tener como consecuencias nuevos fracasos y nuevas frustraciones.

 

NECESIDAD DE SANACIÓN

 

Es ahí donde la comunidad cristiana debería plantearse con mayor realismo estos casos de separación y divorcio. La experiencia nos dice que es normal que dichas parejas hayan llegado a la separación en soledad con ellas mismas, sin mayores ayudas para superar sus crisis. Y ahora que han llegado al fracaso total, vuelven a encerrarse en la soledad de sí mismos, porque tampoco ahora cuentan con la ayuda de nadie. Al contrario, hasta es posible que el vacío sea superior, ya que todos los comienzan a mirarlos como algo extraño. E incluso los mismos familiares, los consideran un estorbo.

Tampoco la pastoral de la Iglesia cuenta con mayores recursos para ello. La Iglesia los casó y luego los dejó a su suerte sin acompañamiento alguno. Y ahora tampoco tiene nada que ofrecerles, que pueda ayudarlos. En esto, la sensibilidad de Juan Pablo II es muy fina. Pide a los pastores un gran esfuerzo para atenderles y brindarles aquellas ayudas necesarias a su nueva situación.

Estas parejas necesitan recuperarse de las heridas que se han ido causando mutuamente durante todo el proceso de separación. Necesitan recuperarse incluso en su estado anímico y, sobre todo, requieren ayuda para situarse de nuevo frente a la vida sin necesidad de buscar de inmediato una nueva unión.

 

MEDIOS DE CURACIÓN Y SANACIÓN

 

No es fácil dar recetas médicas, y menos todavía en los campos de la pastoral. Sin embargo, quisiéramos sugerir algunas pistas que puedan ayudarnos.

a. En primer lugar, necesitan que las familias tengan suficiente capacidad de comprensión y amor para saber acogerlos. Aunque no amemos su pecado, amamos a los pecadores. Tenemos que amar a nuestros hermanos que han fracasado en su matrimonio, por más que no amemos ni bendigamos su ruptura.

b. La comunidad eclesial tiene que tener capacidad para acoger a estas parejas rotas y deshechas. Sin escándalos farisaicos e hipócritas. La misma comunidad tiene que reconocer cuánto de culpabilidad tiene en dicha separación, aunque no sólo sea por no haberlos atendido y acompañado oportunamente.

c. La comunidad cristiana, llámese comunidad diocesana o comunidad parroquial, debería contar con un equipo de psicólogos, médicos, asistentes sociales, sacerdotes, etc. que brindaran gratuitamente ciertos servicios profesionales a dichas parejas. Es posible que las heridas sean profundas y no puedan curarse con simples consejos o asesoramientos fáciles, y requieran de un tratamiento profesional específico.

 

ANTE TODO LA PERSONA

 

Si bien es cierto que tenemos que ayudarles a solucionar su situación, mucho más importante es atender a la persona. La persona es lo primero. Sin ella no hallaremos respuestas a sus dificultades. Sólo recuperando a la persona podremos pensar luego en nuevos caminos de realización. Incluso, sólo recuperando debidamente a la pareja en su psicología destruida, podremos ponerla en camino de experiencia de la fe.