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DIOS ESTÁ A MI LADO

 

San José de Apartadó (Colombia), sigue siendo el centro de una lucha sangrienta, donde son protagonistas la guerrilla y los paramilitares;las víctimas, los campesinos, y el gran ausente el Estado. La Dra. Gloria Cuartas, alcaldesa de Apartadó hasta el pasado 31 de diciembre de 1997, analiza en esta entrevista, concedida poco antes de terminar su mandato, su experiencia de creyente involucrada en un difícil conflicto sociopolítico y militar.

 

Doctora., ¿Cuáles son los ingredientes de este conflicto?

–La comunidad campesina lucha por unas garantías necesarias: protección del Estado para su vida, para volver a sus tierras, para la tenencia de las mismas y para mejorar de sus condiciones de vida. Es esta una historia de muchos años, pero el conflicto actual comenzó con la guerrilla; como autoridad municipal, debo, sin embargo, afirmar que la guerrilla no echaba a los campesinos y que no le toca a ellos echar a la guerrilla. Esto es un asunto del Estado que debe hacerlo a mano limpia; mientras que –y asumo la responsabilidad de mis palabras–, hubo omisiones por parte del Ejército y revuelo de las fuerzas del orden con los paramilitares.

–¿Cuáles serían las condiciones para una solución del conflicto?

–Lo primero es el retorno de los campesinos, dándoles las garantías necesarias, iniciando con el despeje, por parte de los paramilitares, del retén que tienen sobre la vía Apartadó-San José; porque allí se impide el libre tránsito de los ciudadanos y se dan detenciones, capturas, asesinatos al punto que el lugar es conocido como la curva de la muerte o el matadero de San José.

Segundo, es necesario que la guerrilla también escuche a la comunidad de paz, la respete y no la comprometa con ninguna estrategia de tipo militar.

Tercero, se debe reconocer la comunidad de paz a nivel nacional e internacional, titular las tierras de los campesinos y reconocerles una indemnización por los daños sufridos.

Cuarto, la misma comunidad de paz de San José debe apoderarse del proceso y exigir que cada institución cumpla con las tareas constitucionales que les corresponde.

Quinto, que se cree una veeduría internacional para vigilar que la gente obtenga los títulos de propiedad, el Estado cumpla con los compromisos asumidos, la guerrilla respete la población civil y desaparezcan los operativos económicos: los paramilitares van a comprar la tierra a los campesinos por dinero, poco pero en efectivo; después de la operación cansancio a la que han sido sometidos, la incertidumbre y el miedo, cualquier campesino dice al otro: «Hombre, mejor es que vendamos».

–¿Cuáles son las dificultades para un camino hacia la paz?

–Ante todo, la realidad humana que vive la gente. Durante 30 años la guerrilla ha estado metida en las comunidades y se han creado lazos de consanguinidad, afectivos y de reconocimiento social. Para la gente, la guerrilla no es un grupo armado; es el primo, el tío, el amigo, el hijo, el enamorado. No se puede exigirles que, en nombre de una neutralidad, de un día para otro rompan con el pasado, con su historia, con la que ha constituido y rodeado su vida.

Luego viene la actitud de la guerrilla, de los paramilitares y del Ejército. Si la comunidad de paz se pronuncia contra la guerilla, ésta reacciona con violencia; si una niña hace el amor con un guerrillero, si la guerrilla pasa por allí o una mujer le permite entrar al patio de la casa o instalarse en la finca, son el Ejército y los paramilitares que acusan a la población de colaboracionismo guerrillero.

Más aún, es la falta de conciencia política. Cuando no hay educación comunitaria, ni cohesión de grupo; cuando una sociedad no sabe cuáles son sus derechos y deberes políticos; cuando una persona no tiene conciencia de sus compromisos de cara a los desafíos sociales, pasa lo que pasa en Urabá y en el mismo San José: frente a una estrategia de presión, la gente simplemente toma opciones por el primero que llega.

Por último. Es Estado no tiene condiciones ni voluntad política para llevar adelante el proceso de pacificación. Allí no hay siquiera el derecho a que el Estado levante debidamente un cadáver: se registra el nombre del muerto, de los padres si los tiene, del números de tiros constatados y es todo. ¿Dónde está el Estado de derecho? ¡Es toda la presencia del Estado que está fallando! Sin ánimo de exagerar, se está ocultando, por parte del Gobierno nacional, toda la realidad de degradación última de esta guerra: la gente vive de una manera infrahumana; la muerte anda selectiva, impide pensar y sentir; el terror bloquea las instituciones.

–¿Hablemos de sus miedos?

–Todo mi tiempo en la alcaldía fue una historia de amenazas. En 1995 recibí varias: unas, al parecer, de la guerrilla, otras de los paramilitares. Yo tenía claro que había aceptado la alcaldía no para ejercer el poder, sino para servir desde un actitud evangélica; además, colaborando con comunidades pobres y como trabajadora social, ya había experimentado una esperanza de vida: gracias a eso, y a mi equipo de colaboradores, superé ese año de amenazas.

Empezé 1996 con una demanda de la Fiscalía: seis testigos sin rostro me acusaron de rebelión y de pertenecer al V Frente de las FARC. Fue un año muy duro: sólo la confianza en mi propia lealtad y coherencia con los compromisos asumidos, me dieron tranquilidad para resistir.

Llegó 1997, un año también de persecución, pero muy particular. Los sectores bananeros, militares, paramilitares y las Convivir –nunca pensé que fuera la generalidad de la gente– veían en mí una enemiga y organizaron varias estrategias para que me retirara de la alcaldía. Consideré que para mí era un desafío histórico, una oportunidad que Dios me daba el poder hacer una gestión en medio de los conflictos y de las dificultades, desde la lealtad y proximidad de la gente, y no me retiré.

–¿Cómo ha llegado a este tipo de compromiso social?

–Todo comenzó con mi educación con las carmelitas en el colegio. Y hay una cosa básica: mi profesora de educación inicial; yo soy hija de padres separados y ella me salvó: me trataba con cariño y afecto, me hizo sentir un ser humano y crecer en la esperanza; si uno recibe amor puede entregar amor. Luego, viví muchísimo a partir de la teología de la liberación y de las Comunidades Eclesiales de Base. Creo en el Dios vivo que no está en un sagrario, sino que vive en las manifestaciones de la naturaleza y se refleja en el rostro de la gente. Tengo muchos defectos y profundas debilidades, pero creo en un Dios que está a mi lado, un Dios que llora y sufre, que tiene hambre y al que le pegan un tiro y que siempre busca quien lo escuche; un dios humano que no se quedó en la cruz –porque la pasión de Jesús se experimenta en la vida cotidiana–, ni se limitó a resucitar al tercer día, porque resucita siempre: cuando te mueres topándote con paramilitares y sales vivo; cuando te encuentras con gente que se quiere montar en tu carro o pasar comida a la vereda; cuando te piden una mano para buscar al hijo desaparecido o la niña retenida. También me ayudó mucho el equipo misionero que integraba en el colegio: los trabajos qe hacíamos con las comunidades me fueron llevando a dar dimensiones al amor y a la vida, a valorar las relaciones, a partir del principal misterio que es lo cotidiano y lo sencillo. Hay cosas postergadas en mi vida y otras que disfruto con intensidad: mi vida, como dice Casaldáliga, es un proceso para ir organizando la esperanza, pensando que cuanto hago, muchos otros lo están haciendo en el país. Yo creo en los pequeños proyectos que hacen que el ser humano sea más humano.

–En su vida, ¿hay lugar para la oración?

–Es algo para mí muy importante: rezo todos los días de las 5:30 a las 6 de la madrugada. En Urabá hace unos años, llegaron las Hermanas de la Visitación que son de claustro; nada mejor le pudo haber pasado a Urabá porque muchas personas, pero muchas, encontraron en su casa un reposo, una oportunidad para reflexionar y evaluar su vida o simplemente para experimentar el amor de Dios. De ellas, yo recibí mucho amor: me querían, me dejaban hacer su vida, vivir días enteros de oración con ellas, pasar con ellas la Navidad y el Año Nuevo. Pero también hago oración en lo cotidiano: cuando llegaba gente a la alcaldía buscando un cajón para enterrar a alguien, por la calle cuando iba a cruzar el retén de los paramilitares. No tengo todavía un equilibrio interior que me permita soportar mucha presión junta y debe orar mucho para que esa presencia efectiva de Dios me de la capacidad de ponerle el rostro al trabajo cotidiano. Necesito aprender a leer y sentir la presencia del Dios vivo en las relaciones afectivas, personales, vecinales y en la manera de mirar a los guerreros.

–¿Hay una experiencia religiosa significativa en su vida?

–El 21 de agosto de 1996 fue cuando más sentí a Dios y a la Virgen a mi lado. Estábamos en el patio de una escuela con niños trabajando en aquello de «Hagamos juntos la tarea de paz». De repente se armó un tiroteo. Nadie me abrió su puerta. Sólo una niña de 12 años de pronto me gritó: «¡Alcaldesa por acá!». Y me metió a la escuela. Habían unos 25 niños y un bebito. Nos cogimos de la mano y nos pusimos a rezar el Padre Nuestro. Me salían las palabras, pero era incapaz de rezar. Tenía lágrimas en los ojos, mientras me esforzaba para que los niños no me vieran asustada. La niña decía: «Metámonos al baño, no que se meta sólo la alcaldesa. Mejor que se meta bajo la cama y los niños arriba. Si entran y ven niños no van a hacer nada. No tenga miedo, no la vamos a dejar matar». Decía, sin gritar, sin asustarse. Y yo, acostumbrada a dar la cara y a enfrentar las cosas me doblegué, me puse a su disposición, y llorando, escuchaba sus órdenes y obedecía. Ese día experimenté el amor de Dios porque era para que me mataran: mi carro estaba afuera y fue abaleado. Esos niños me enseñaron cómo enfrentan los riesgos, no corriendo o llorando, sino llamándolo por su nombre y dándoles la cara. Aquel día me ratifique en mi compromiso de seguir el Evangelio y de continuar en mi servicio en la alcaldía hasta el 31 de diciembre de 1997.