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CHIAPAS: HACIA UNA NUEVA ETAPA DEL PROCESO DE PAZ

 

Mons. Samuel Ruiz García, obispo de San Cristóbal de Las Casas

 

La voluntad de Dios, manifestada a través del papa Juan XXIII, me pidió desde hace más de 38 años el servicio como obispo de la diócesis llamada entonces Chiapas y, después de la erección de la de Tuxtla Gutiérrez, conocida como San Cristóbal de Las Casas, por el nombre de su Sede.

La tarea específica de una acción evangelizadora, dirigida a todos y en especial a los más pobres y necesitados, en nuestro caso a los indígenas, la entendimos y la vivimos siempre como la predicación del Evangelio de Cristo, esto es, como el anuncio y construcción del Reino de Dios en la Justicia, en la Verdad, en el Amor y en la Paz. (...)

De ahí que al surgir en enero de 1994 un conflicto armado, no hayamos dudado los obispos de Chiapas en condenar la violencia, al paso que reconocimos la legitimidad de las causas justas que se enarbolaron y ofrecimos nuestros buenos oficios para que se buscara una salida pacífica. Esto lo consideramos como uno de los aspectos de nuestro quehacer pastoral.

Así tampoco juzgué ajena a la misión episcopal, la propuesta de participar en la Comisión Nacional de Intermediación (CONAI) y servir como mediador en un proceso de diálogo que buscaba una solución pacífica para Chiapas y para todo el país. Es más, aceptamos en la diócesis que la primera etapa del diálogo, que por las circunstancias exigía de especial seguridad, se llevara a cabo en la propia catedral, que se convirtió así en un símbolo de nuestra preocupación por la Paz. (...)

En el momento presente, a pesar de las afirmaciones dichas en contrario, es evidente que el Gobierno ha desistido del camino del diálogo según el modelo que se observaba en San Andrés, para ejecutar unilateralmente lo acordado y transitar hacia la temática pendiente, invocando un diálogo directo, sin que sea necesaria ninguna mediación.

Se constata, además de la interrupción del diálogo, no sólo el deterioro de la situación en Chiapas y en el país, sino una constante y creciente agresión gubernamental a la diócesis de San Cristóbal de Las Casas, a la mediación y al mediador mismo, puesta en marcha por distintas instancias oficiales y recientemente llevada a cabo, con signos y palabras, por el propio titular del Ejecutivo en diversas ocasiones.

Esta agresión a la diócesis, que se inicia inclusive antes del conflicto, se ha convertido ya en una persecución sistemática contra ella y se ha concretado en numerosas acciones: expulsión de siete sacerdotes por falsas acusaciones; negación práctica de residencia a los agentes de pastoral extranjeros; encarcelamiento de cuatro sacerdotes falsamente acusados y con franca violación a sus derechos humanos; cierre de unos 40 templos (alguno de ellos ocupado por el Ejército mexicano); órdenes de aprehensión a numerosos sacerdotes, religiosas y misioneros; presión a varios campesinos para que afirmen que la diócesis entrega armas a las comunidades; directrices a varos medios de comunicación para que tergiversen las noticias; generación de un clima de linchamiento; profanación del Santísimo Sacramento en varios templos, hecha por la policía de seguridad. Todo lo cual indica que esta persecución religiosa ya no se dirige únicamente a nuestra diócesis, so pretexto de condicionar la mediación para el diálogo, sino que visualiza a la Iglesia católica de todo el país.

Con las limitaciones propias de la naturaleza humana, la mediación ha cumplido con su tarea, esforzándose en momentos críticos del proceso de diálogo porque éste no se rompa, sin importar su propio desgaste.

Constato claramente que se ha terminado una etapa del proceso de paz en la que cumplimos responsablemente con lo que nos tocaba hacer para edificarla. (...) Ha de construirse otra etapa en la que se recreen las condiciones del proceso de paz con un diálogo y negociación que miren a la solución pacífica de las causas del conflicto.

Continuaré, con la fuerza de Dios y la iluminación de su Espíritu, en el empeño de construir la paz verdadera desde Chiapas, sabiendo que ésta no se puede confundir con aquélla que surge de la represión selectiva a las comunidades, ni con los enfrentamientos que otros provocan en ellas, ni tampoco se puede alcanzar por caminos de desarticulación que rompen la unidad de las legítimas diferencias. La demanda de los derechos individuales y colectivos forma parte de nuestra acción pastoral.

En esta nueva etapa, además del trabajo por la reconciliación y una unidad de nuevo cuño en la que no haya excluidos, aparece la responsabilidad de todos por construir un orden nuevo, con una conciencia histórica que abarca impresionantemente un abanico social cada vez más amplio.

Reconciliación profunda, unidad que convoca a todos, participación más diversificada y consciente, búsqueda de la verdadera justicia, son los caminos por donde deben transitar aquéllos cuyo objetivo es construir la verdadera paz.