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LA ANUNCIACIÓN DEL NACIMIENTO DE JESÚS

 

El rostro de una mujer, cuyos grandes ojos están dirigidos directamente al observador, ocupa el cuadro por completo. Es una mirada vacía, perdida en el más allá. El rostro ausente y pensativo reposa en una larga y blanca mano. La palidez de la tez destaca sobre el abundante colorido del cuadro.

Sólo si se observa con detenimiento, se puede apreciar una segunda imagen; un ser celestial, envuelto en un halo azul, asoma desde un ángulo del cuadro. Un abanico de colores se abre tras él como la cola de un pavo real. Su cara está vuelta hacia el rostro de la mujer. María y el arcángel San Gabriel se encuentran.

¿Qué momento de aquel profético encuentro ha querido fijar el pintor? Por el evangelio según San Lucas sabemos que el Arcángel tiene mucho que decir a María. Sin embargo, pese a desempeñar el papel principal, la figura celestial no ocupa la posición central en el cuadro, sino un discreto segundo plano. Los labios del Arcángel permanecen cerrados; ¿se habrá anunciado ya a María? Su mensaje viene de lo más alto. El color oro, únicamente presente en el adorno que ornamenta su cabeza, está reservado en China exclusivamente para el emperador divino.

Gabriel tiene la misión de comunicar algo. El elemento central en el cuadro es la flor que él le extiende a María. La flor tiene el color amarillo y su mensaje es la luz que quiere traer a este mundo. «Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre... y su reino no tendrá fin».

Y así, el Ángel del Señor se anunció a María, quien tras superar el primer sobresalto que le produjo tan inesperado encuentro, recibió la divina y omnipotente misión: «... y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús». La pregunta que brota de los labios de María, alrededor de la cual se han trabado tantas discusiones durante siglos, y su escepticismo han sido disipados por el Arcángel con pocas palabras: «Porque nada hay imposible para Dios».

No es extraño que María permanezca pensativa, con la mirada perdida en el infinito. Va a convertirse en madre, madre de un niño, ¡qué noticia tan dichosa! Ella, la Virgen, va a florecer; también eso es lo que simboliza la flor amarilla que le ofrece Gabriel. Y María tiene la flor, pero todavía no ha transigido al augurio. Todavía no ha sido pronunciado de sus labios el beneplácito: «Yo soy la sierva del Señor, hágase conmigo lo que Tú has anunciado». El Arcángel aún no se ha alejado. Naturalmente, María necesita un poco de tiempo para comprender realmente lo que ha sucedido, lo que le va a acontecer. No porque sea demasiado ingenua para entenderlo, sino porque se trata de algo que traspasa toda posibilidad de entendimiento humano. Entonces le sobrecoge un sentimiento de infinita felicidad al tiempo que un gran temor: va a tener un hijo. No se trata de un niño cualquiera, se trata del Hijo de lo Más Grande, ha dicho el Arcángel. Un Señor en la eternidad, bendito. Y ella es tan sólo una muchacha de Nazaret, la sierva del Señor. Es el regalo de Dios para los hombres, y éste se convertirá en el regalo de María para el hijo, el regalo del hombre para el hombre. María ya no es la misma de antes. Ahora posee una conciencia de sí misma diferente e incluso una sabiduría distinta. Se convertirá en seguridad y protección para la nueva vida que lleva dentro de sí; va a ser una persona fuerte para su hijo. Se ha hecho adulta, ha pasado de niña a mujer.

En la mano de María, la que finalmente va a aceptar la flor del augurio, y en la mano del Arcángel ya se pueden ver las llagas rojas, las cuales también forman parte de la profecía. En aquel momento de la avanzada noche en el que María se derrumba, cuando se encuentra condolida ante la cruz de su Hijo agonizante, cuando sostiene en sus brazos a su Hijo muerto, su mirada se pierde en el más allá. Sus labios permanecen cerrados, como los labios del Ángel del Señor. Guardan un secreto: el secreto de la vida.

Y esa vida está llena de color. En la pintura clásica china, este encuentro estaría representado con mucha menos riqueza de colorido, irradiaría menos hilaridad y menos regocijo, pues la caligrafía y la pintura con tinta china se trabajan con otro tipo de materiales más modestos. El nuevo arte chino también tienen trazos expresionistas: el blanco rostro de María responde al ideal de belleza clásico chino de la mujer empolvada, lo que para nosotros es símbolo de inocencia y pureza.

El mensaje que el Arcángel trae, en China tiene un significado diferente. En un país con 1,2 millones de personas, donde se está incluyendo una política de planificación familiar para restringir el crecimiento de la población a un hijo por familia, los abortos forman parte del orden del día. Las interrupciones del embarazo son necesarias. El número de nacimientos permitidos es anunciado oficialmente en fábricas y despachos, y no se puede sobrepasar sin ser motivo de sanción. Los embarazos vienen ordenados por los partidos políticos y no planeados por la propia pareja.

No cabe esperar una noticia más maravillosa que el nacimiento de un hijo: en China, los niños son pequeños reyes, los hijos son como emperadores divinos; se les adorna como muñecos y se les mima enormemente, pues en el hijo único se concentran todas las esperanzas y el futuro de la familia.

Si bien la temática es realmente significativa para los chinos que son cristianos, la imagen de Qin Peng Xiao les resulta más bien inusual. Todavía hoy, los cuadros de santos, de calvarios y las imágenes de Jesús reflejan el arte que era habitual en Europa hasta entrados los años 60. Las imágenes de Jesús con el corazón resplandeciendo son muy apreciadas, incluso a menudo vistas como reliquias de este tiempo. Durante décadas, la vida eclesiástica en su forma de expresión artística no pudo seguir evolucionando en China. La represión sobre la Iglesia que comenzó en los años 50 y tuvo la cúspide de su persecución durante los años 60, con el comunismo, y no comenzó a suavizarse sino hasta la restitución de la primera iglesia, a finales de los años 70. De ahí que los impresionantes comienzos artísticos no se dan en China hasta tiempos recientes. Es entonces cuando empiezan a crearse obras que también para nosotros traen un mensaje.

Ese mensaje que conllevan está dirigido a nuestra fantasía, ver escenas conocidas de siempre envueltas en nuevos colores, colocar a María bajo una nueva luz y aproximarnos con el tacto a estos encuentros. El sentido de la percepción está en nuestras manos, con las cuales todos nosotros damos y también recibimos. Y eso es lo que simbolizan también las grandes manos en el cuadro de Qin Peng Xiao con las que Gabriel trae su mensaje y María acepta la Anunciación.

En nuestras manos está que queramos enriquecer nuestras creencias con reinos de otras culturas. Es un enriquecimiento que no se gana a expensas de otros, sino que origina la unión y la comprensión entre los unos y los otros, y con ello beneficia a todos.

Ingelore Haepp